Los dibujicos son dibujicos… pero también son mucho más.

Empezamos con dos historias verídicas que le sucedieron a determinada persona relacionada con el mundo de la literatura infantil y juvenil.

La primera.

Historia 1.-
Palabras de una Feria del Libro Escolar (anécdota nº1, sobre Robinson Cruasán, Thule):
Niño de 9 años:-¡Mamá, este libro es buenísimo!
Madre: ¡Qué dices! ¡No tiene letras! ¡Lo has elegido porque eres un vago para leer!
Niño de 9 años: -¡Pero no, mamá! ¿Has visto el movimiento de las gaviotas? ¿Y este cuadro?
Madre: No lograrás convencerme, ¡eres un vago! Elige un libro con texto para tu edad.

Vamos a por la segunda…

Historia 2.-Mismo día, Historia de Uno, Thule Ediciones:

Niño de similar edad a la anterior: ¡Me encanta este libro!
Madre: Ni se te ocurra, tiene muchas dibujos. Elige uno para tu edad.
Una servidora: Señora… este libro habla sobre la identidad y, si se fija, en él hay varias escuelas artístic (no me dejo terminar).
Madre (mirando al niño): Que elijas un libro de verdad.

Y eso es lo que viven, día a día, muchos que se dedican a esto del libro ilustrado y a los tebeicos e incluso los que manifestamos abiertamente ser aficionados a todo eso.

No estaría mal que madres como las anteriores se planteasen en alguna ocasión cómo empezó la comunicación entre los seres humanos (o los primeros homínidos, al menos). Pues sí, la imagen fue nuestro primer lenguaje, muy anterior al lenguaje hablado y, por supuesto, miles de años antes de que surgieran los primeros indicios de una escritura.

Las pinturas rupestres fueron el primer medio para contar historias, para mostrar escenas de caza, para relatar a otros que viniesen detrás qué animales existían en la zona o de quién era determinada cueva.

Culturas ya más avanzadas, de la historia antigua pero bien conocidas, como mayas o egipcios, usaron la imagen para relatar historias. Basta, para ello,  fijarse en algunos códices precolombinos encontrados por Cortés allá por principios del 1500 o la escena encontrada en la tumba de Menna, escriba egipcio.

Y las catedrales están llenas de imágenes que cuentan historias.  Basta ver sus vidrieras o los retablos, repletos de ejemplos de cómo la imagen se usaba para contar las historias a aquellos que no tenían a su alcance la capacidad de “leer” .

O el Tapiz de Bayeux (año 1077) en el que se relata la conquista de Inglaterra por los Normandos.

O la Columna de Trajano, monumento conmemorativo de la conquista de Dacia por el emperador que le da nombre.

O… tantos otros ejemplos de la importancia de la imagen como lenguaje para contar historias, que podríamos no parar.

Es, además, sorprendente que todavía exista gente que niega a sus hijos la riqueza de la lectura gráfica, más aún si pensamos en qué sociedad vivimos actualmente: una sociedad enteramente audiovisual.

Cada vez más, la habilidad para comunicar ya no sólo de manera hablada o escrita sino visual y por medio de la imagen, se considera fundamental. Yo que soy profesor de informática aborrezco esas presentaciones digitales llenas de texto y que aburren que ni al más pintado. ¿Para qué usamos un instrumento de comunicación que debe ser fundamentalmente visual para llenarlo de texto? Una presentación digital no debe ser sino una secuencia de viñetas, entendiendo como tales cada una de las diapositivas, y con información visual que nos ayude a transmitir un  mensaje. Texto, el menos posible…

No es mi intención negar la importancia y necesidad de la lectura. Los niños deben leer, cuanto más mejor, pero no por ello se deben menospreciar “otro tipo de lecturas” tan importantes como la primera. La lectura iconográfica enriquece los procesos imaginativos, fortalece la habilidad para completar aquello que no existe pero que se interpreta. Es lo que en el mundo del cómic se llama clausura.

Obras como la ya clásica Entender el Cómic de Scott McCloud, El Discurso del cómic, de Luis Gasca y Roman Gubern o La Arquitectura de las viñetas; texto y discurso del cómic, de Rubén Varillas, profundizan en ese y otros mecanismos y entresijos de lo que es la narración con imágenes. Volúmenes serios, técnicos, de complejidad teórica que muestran cómo, eso de los dibujicos… pueden ser algo más que dibujicos.

Así que, por favor, señoras y señores padres de esos niños que les piden comprar la multitud de preciosos libros ilustrados o narraciones gráficas que ahora (afortunadamente) pueden encontrarse en el mercado: ¡¡¡no se los nieguen!!!. Fomenten la lectura, hagan que lean “letras”, de acuerdo, pero cultiven también el placer por la imagen, por otras formas de narrar, por esas lecturas gráficas que pueden contar tanto o más como el libro más gordo.

Sus hijos serán personas más completas, se lo aseguro.

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